Ha sido un viaje excepcional. Jamás seis días dieron para tanto. Para
tantas emociones, para tanta información, para tanta belleza y tantos contrastes, cosas
por descubrir, historias que escuchar y que contar. Sin duda, las horas de
autobús han valido la pena. Y de qué manera.
En el trayecto atravesé tres países en apenas unas horas. La forma de las nuevas
tecnologías de avisarte de esto es la siguiente:
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El primer destino fue Poznań, una de las más antiguas y grandes
ciudades polacas, capital de la región histórica de la Gran Polonia.
Poznań fue la capital de Polonia en el siglo X, su fiesta más importante es la de San Martín y de lo más significativo de la ciudad es la plaza del Ayuntamiento. Además, en la ciudad no pudo faltar...
En la plaza del Ayuntamiento, a las 12.00 AM de cada día, llueve,
truene, caiga la nevada más grande de la historia de Polonia o apriete el sol
como nunca lo haya hecho en los países eslavos, dos cabritas luchadoras salen
de encima del reloj situado en la torre del Ayuntamiento y chocan sus
cuernecitos mientras la gente de la plaza, cuenta, según qué idioma, 1, 2, 3...
hasta doce. Sí, doce cornadas como las doce uvas, las pobres cabritas no se gastan los cuernos, y
se cornean doce veces cada día. Detrás de esto no puede haber otra cosa que una
leyenda, que en este caso es la siguiente:
Una vez estaba un cocinero preparando un banquete para el
gobernador de la ciudad, pero el ciervo que estaba preparando se le quemó. Por
temor al castigo del gobernador, el cocinero decidió sustituir el ciervo por un
par de cabras; sin embargo, estas se le escaparon y, al llegar al Ayuntamiento,
empezaron a luchar entre sí. El gobernador, divertido por el espectáculo que
habían dado las cabras, decidió perdonar al cocinero su descuido y ordenó fabricar dos cabras
mecánicas y colocarlas en el reloj para
recordar ese episodio a diario.
He
aquí las famosas cabritas que hacen un poco más característico el típico
souvenir que puede comprarse en la ciudad:
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| Fotografía de Wikipedia |
Pero
no os preocupéis, que para quien esté pensando que viajar a Poznań sale
demasiado caro para solo ver las cabritas, os dejo un homemade vídeo (con risas mías incluidas, era inevitable, demasiada
emoción, las doce uvas en pleno agosto):
Os dejo otras fotos de la plaza del Ayuntamiento:
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| Las simbólicas cabritas |
En
cuanto a la fiesta de San Martín, para entenderla mejor, nos metimos en "El museo del croissant", pues los croissants tienen un papel fundamental en la festividad. Su visita consistía esencialmente en
hacer uno y después comerte una muestra de otro (hecho en condiciones).
Para
los realmente interesados en la leyenda, el por qué de esta festividad y para
los que quieran corroborar que sí, que la religión ni a los dulces puede dejar
tranquilos, os
dejo una maravillosa explicación de Viajeros.com (editada
un poco, pues no me parecía lo más correcto dejar pagano con tilde):
San
Martín fue un obispo procedente de Tours (hoy en Hungría). Nació entre el año
316 y 317 y es uno de los santos más famosos de Europa. Es patrón de los
soldados de la Iglesia Católica y santo de la Iglesia Ortodoxa. Según dice la
leyenda, un invierno muy frío, San Martín se encontró con un mendigo casi
desnudo y decidió darle su propio abrigo. Una noche después, en sus sueños,
Martín vio a Cristo vestido con su abrigo que decía a los ángeles: "Miren cómo
me ha vestido Martín". Este acontecimiento lo inmortalizó en sus lienzos
el pintor español El
Greco.
Un
año, el párroco de la Iglesia de San Martín, ordenó a los fieles que hiciera
algo bueno por sus prójimos siguiendo el ejemplo de San Martín. Así, cierto
propietario de una pastelería decidió compartir sus croissants con la gente.
El
señor, llamado Melzer, los vendía a la gente rica y se los regalaba a los
pobres. En realidad, gracias a este suceso, la Iglesia Católica adoptó el acto
pagano para su uso, que consistía en las ofrendas entregadas a los dioses en
otoño; compuestas del buey o del pastel en forma de su cuerno. Además, el
croissant también simboliza la herradura que perdió el caballo de San Martín.
El
culto a San Martín sigue vivo en Poznań desde hace siglos. Cada año, el 11 de
noviembre se organizan muchos festivales por las calles. Pero... ¿qué tienen de
especiales entonces estos croissants? Sí hombre, sí, cómo no me iban a perseguir
a mí las semillas de amapola... ¡El relleno es de semilla de amapola blanca!
¡Pero qué felicidad por favor! ¡Qué sabor tan exquisito!
Poznań
es una ciudad preciosa, además, me hizo sentir como en casa... sí, sí, no os
engaño: ¡hasta tiene una Fuente de los Leones!
Y
la comida... eso sí que ha sido una auténtica delicia. ¡Qué bueno estaba todo!
(Absténganse aquellos que tienen sitofilia.)


El siguiente destino fue la región de Pomerania, situada en el norte de Polonia, o sea, que he estado en el
Mar Báltico y sí, los polacos van a la playa.
La
primera ciudad que visitamos fue Gdansk, una pasada de ciudad y por supuesto, con más españoles casi que
polacos, que no son los únicos que van al norte en verano porque en invierno
allí cuatro pescadores... y poco más. Visitar esta ciudad, la más importante de
la región, fue una mezcla entre lo alemán, lo holandés y lo vikingo, algo que
no te dejaba terminar de aclarar dónde te encontrabas.
Después
visitamos la península de Hel o, lo que es igual, en polaco: Mierzeja
Helska, que pronunciado a lo andaluz sería "Miehda secah", así que
vamos a dejarlo en península
de Hel. El caso es que allí vimos de todo. Desde visitar un faro, un búnker
de la II Guerra Mundial con muros de dos metros de ancho (entrar dentro fue
algo realmente escalofriante), hasta ver un show de focas y estar en la
playa... un rayo de
sol uoooo.
Aunque el día finalizó con una tormenta que casi nos hace volver
en canoa a coger el tren para el próximo destino: Gdynia.



Y,
al día siguiente, llegamos vivas a Gdynia. Aunque del trayecto en tren no quiero relatar demasiado... solo
diré que parecíamos sardinas en lata. Unas más borrachas que otras, porque
Polonia y la bebida no iban a ser una excepción. Lo que quiero decir es que
hasta los propios polacos estaban sorprendidos de la situación. El tren que nos
llevaba a Gdynia venía con una hora de retraso, así que nos aferramos,
LITERALMENTE, a otro que iba a Cracovia pero que paraba en Gdynia. Esta idea no
solo se nos ocurrió a nosotras, por lo que el tren iba tal que así:
No
quiero que mi queja parezca demasiado excesiva, pero ciertamente el viaje de
más de una hora de pie, donde lo único que podías mover eran los párpados, fue
objetivamente estresante. Además, en esa hora aprendí todos los tacos en polaco
que existen.
Una vez en Gdynia y viendo que ya era el último destino... no pudimos
haberlo hecho mejor. ¡Qué preciosidad! Pasamos de ver un barco de la II Guerra
Mundial, a un acuario donde estaban Nemo y Dori y a terminar en un paseo
marítimo que pude guardar en unas fotos muy majas y, os lo prometo, no es un
cuadro. Pero sería uno maravilloso. Pude sentir, como dice Amaral, el universo sobre mí, como un
náufrago en el mar, donde yo sí, encontré, en ese instante, mi sitio.
Mi
viaje de casi una semana por Polonia termina poco más o menos como empezó. Con
1837654179834 horas de autobús. Además, amanecí una ciudad (Katowice), donde,
siento romper el hilo poético, entré en McDonald's para asearme como si no hubiera mañana.
Por
supuesto, esta entrada va dedicada a la persona que ha hecho posible cada aventura
y cada momento de este viaje, a la que me ha contado cada historia, cada
leyenda, la que ha hecho posible que haya estado en el mismo lugar que grandes
personajes históricos (unos más queridos que otros) como Hitler, Napoleón o
Chopin. A ella y a su familia, miles de besos y recuerdos. Gracias, Monika. Gracias por aguantarme con frío, con calor, sin ganas, con un dolor de
pies inhumano, con cansancio, con desesperación, gracias por animarme y
enseñarme tanto y tan bien tu país. Mi único deseo ahora mismo es volver.